El Dios Nuevo

La mente no es sino el espacio que alberga el lenguaje, y el lenguaje es ilimitado, puesto que la lógica contiene todas las variables y sus relaciones, así como todas las proposiciones, sus fórmulas, y sus razonamientos derivados, que son infinitos, y la lógica es el principio del lenguaje, siendo entonces el soporte de la mente (no su contenido, como vulgarmente se cree, pues ya se sabe que la lógica es una convención, tal como demostró Kurt Gödel), por lo que la mente también es infinita. O mejor dicho, ni siquiera eso (si hablamos con precisión), en cuanto si la mente abarca el infinito de la lógica es por ello más que infinita, siendo en realidad inextensa. Eso convierte las concepciones mecanicistas y materialistas de la mente como una emergencia, resultado, producto, generación, o emanación de un órgano del cual surgiría o en el cual se alojaría, en este caso el cerebro, en un verdadero despropósito (tal como sugeriría Carl Jung).

Se nos ha hecho creer que el mundo está fuera de nosotros, y que nosotros somos el sujeto consciente de ese mundo, pero no es así. Lo cierto es que dicho sujeto y dicho mundo no son sino, respectivamente, la parte activa y la parte pasiva de la conciencia que los reconoce a ambos, dado que la mente es la malla que sustenta el lenguaje psicofenoménico de ese sujeto, o sea, su concepción del mundo, y ya que no puede existir una versión de dicho mundo “exterior” a la conciencia que lo concibe, puesto que el instrumento de esa conciencia (que es justamente dicha mente), es como ya he afirmado inextenso, la conciencia es por tanto, al ser de manera evidente por sí sola “superior” a esa mente, la única verdad absoluta, pues no hay ninguna verdad absoluta dentro del mundo que uno se figura mediante su lenguaje (tal como averiguó Ludwig Wittgenstein), y la mentada conciencia, al estar más allá de la propia totalidad de la mente que alberga dicho lenguaje, es, obviamente, absoluta en sí misma por ser su realidad precisamente revelada en el mero ejercicio consciente.

La conciencia es la verdad absoluta, pero no el sujeto, ya que él es parte del mismo mundo en el que todo es parcialmente verdadero, una paradoja cuyas proposiciones se concilian cuando se entiende que el sujeto no tiene la conciencia, sino que es la conciencia la que se refleja en el sujeto. De este modo, la vida no es más que un sofisticado mecanismo diseñado para que el que vive disponga de la oportunidad de hallar su propia trascendencia (o no, surgiendo de ahí la dicotomía entre el bien y el mal) descubriendo que la vida es un sueño. Esto conduce sin embargo a la pregunta: “¿Quién es el que vive?”. El que vive es el que sueña, mas no aquel que Él sueña ser y que cree en el sueño de la vida. Yo soy el que sueña, pero no el ego soñado (es decir, tú), pues eres el que duerme, aunque no eres quien vive, dado que no eres quien sueña (la vida). Yo soy la Divinidad experimentándose a sí misma a través de ti. Yo soy el que vive. ¡Despierta!, y regresa a mí. ¡Nace, Dios Nuevo!

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