El Sendero Místico

«Tu realización personal es lo más importante que puedes hacer por la humanidad».- Sri Ramana Maharshi

 

Dios no existe, pero tú tampoco. En lugar de preguntarte por el “Más Allá”, deberías comenzar a cuestionarte por la realidad del supuesto “Más Acá”. Sin embargo, las mismas personas que niegan el “Más Allá” son aquellas que precisamente muestran mayor pavor ante la mera posibilidad de la falsedad del “Más Acá”, con lo que no están siendo realmente imparciales. Para abordar honestamente el dilema de la trascendencia cabe contemplar como exige la lógica las dos caras del problema, pudiendo ser éste resuelto contrastando para su afirmación o descarte la hipótesis de la realidad de la materia. Si la materia fuera falsa entonces no cabría posibilidad de falsedad para la trascendencia (o sea, la trascendencia resultaría evidente por sí misma). No hay mayor fundamento para la asunción de la realidad de la materia que la conciencia. Esto sucede porque la materia sólo es perceptible y ordenable bajo la conciencia que por su propia naturaleza (por parafrasear a Wittgenstein) no se percibe y ordena a sí misma, si bien se nos revela en el mero ejercicio de reconocer la materia, viniendo a ser por tanto innegable. El soporte espaciotemporal de la conciencia que desde dentro del propio mundo material sirve como puente para que la conciencia perciba dicho mundo intuyéndose a sí misma desde dentro (emulamos aquí a Bergson) es el sujeto. Entonces, si la materia no fuera real, el sujeto tampoco lo sería. Por lo tanto, en caso de haber trascendencia deberíamos renunciar con ello a la ilusión de identidad conferida por el hecho de tomar la conciencia como algo inherente al propio sujeto, de manera que lo que estamos diciendo en definitiva es que la espiritualidad implicaría la renuncia a la mera concepción del “yo”. Sólo se percibe y ordena bajo la conciencia, y la materia es lo percibido y lo ordenado, por lo que la conciencia es trascendente de la materia. “Dios” es la figuración de la cuestionada trascendencia a través de un lenguaje comprensible para el soporte contingente de la conciencia en el mundo fenoménico, que es el sujeto también fenoménico, el cual únicamente puede figurar algo perceptible y ordenable, no siendo por tanto “Dios” en realidad mas que una idea por así decirlo “materializada” de la trascendencia, trascendencia que por su propia naturaleza es absurdo concebir como siquiera susceptible de presencia fenoménica alguna (puesto que de lo contrario se estaría incurriendo en una contradicción), o sea, cuya materialidad es inconcebible, por lo que la propia idea de “Dios” resulta bajo sus propios términos una falacia (recordemos a Nietzsche). No así el de la pura trascendencia, a la cual habremos de referirnos a partir de ahora de una manera más rigurosa como “Divinidad”.

No se puede percibir y ordenar lo que es distinto a lo perceptible y ordenable, de modo que la trascendencia sería por naturaleza opuesta a la contingencia, o sea, que la Divinidad debería ser lo contrario de lo material. Por otra parte, lo contingente es al mismo tiempo, como dijimos, lo perceptible y ordenable. Así pues, la afirmación de la realidad de la trascendencia estaría sujeta por tanto a la realidad de algo imperceptible e inordenable, pero ¿acaso hay tal cosa?, o incluso mejor dicho, ¿acaso es posible reconocer tal cosa? Parece que no, pero la respuesta es . Antes lo dijimos: la conciencia. No es perceptible, y no es ordenable, porque sólo en y por y bajo ella se percibe y ordena, si bien ella deviene al mismo tiempo innegable, pues el mero hecho de reconocer la aparente existencia, el mero hecho de tomarla como real, es precisamente de manera sumamente irónica lo que demuestra la verdadera realidad de lo trascendente en tanto que esto lo estaría siendo la misma conciencia que nos permite el propio ejercicio de reconocerla y asumirla. Sí hay una trascendencia por tanto, si bien esto es algo que no se puede decir sino tan sólo experimentar internamente. En cambio, la evidente aunque al mismo tiempo inexistente, irreconocible, e inexpresable (como dijo Gorgias) realidad verdadera de lo trascendente (la realidad de la divinidad) refuta la realidad de la contingencia, y con ello también la del sujeto, devastando así tanto la noción de mundo como la del “yo” (algo donde nos encontramos con Schopenhauer). Sólo hay un sendero válido entonces y éste es el de la búsqueda de la comunión con dicha trascendencia. Dado que la trascendencia es lo mismo, tal como hemos dicho, que la Divinidad, este sendero sería lo mismo que se conoce como Misticismo, pues dicho concepto refiere a la búsqueda de la comunión con lo divino. El Misticismo es por tanto la única forma válida de vida, siendo todas las demás perversiones de la misma. Pero esto habrá de ser sumamente malinterpretado, puesto que primero conviene aclarar algo: ¿qué habría de ser, sin embargo, el Misticismo? Si éste se entiende por la búsqueda de la comunión con la trascendencia, y la trascendencia ya sabemos que es la conciencia, entonces el camino místico (el único verdadero) no es más que el de la comunión con la propia conciencia.

Aun así, tal como ya dijimos, si la conciencia no es perceptible ni ordenable, sino tan sólo intuible, entonces ¿cuál es el verdadero sendero de la comunión con la trascendencia, con la divinidad, que es como decir con la conciencia? No es un sendero sensorial, eso está claro, ni tampoco existencial, ni egoísta ni por tanto conflictivo. Es un sendero asensorial. Si la conciencia no se manifiesta sino que únicamente se revela, y no pertenece al mundo de lo figurable ni expresable, puesto que es trascendente, entonces, ¿qué es lo que define la realidad de la conciencia? ¿Cuál debería de ser la forma de experimentarla plenamente de manera interna, fusionada con ella? ¿Qué es estar en comunión con la divinidad? Si ésta es imperceptible e inordenable entonces la forma de reconocerla es el silencio profundo y meditativo. Si es asensorial, y también trascendente de lo figurable (o sea, no es ni material ni mental), entonces la única manera de alcanzarla es obviamente a través de la identificación absoluta en el sentimiento (lo cual, si tenemos en cuenta que el propio concepto del “ego” deviene precisamente ilusorio, resultaría entonces una forma de diluirse, de desaparecer manifestándose como absoluto inmanifestado, de morir a la verdadera vida, pues esta conciencia sería el “yo” sin la localidad, sin la parcelidad, sin la limitación ni condensación ni manifestación del “yo” puntual terreno, el “yo” fuera del “yo”, el “yo” ajeno, una verdad inmanente por su trascendencia, lo que Jung llamaba el “Sí de Sí”). La comunión con la divinidad es el hermético Despertar al Sí del Uno a través de uno en sí, reconocer y concentrarse en la trascendencia de las propias sensaciones inexpresables de la experiencia de la vida como veladura que cifra el contenido pleno de uno mismo, pero de un uno mismo alocal. Por eso Dios no existe, pero tú tampoco, porque Dios es una figura imposible de lo incomprendido, de la trascendencia ajena, y el “yo” es una ilusión absurda de lo malinterpretado, de la identidad propia. La paradoja es que por esto sólo hay una realidad: la divinidad de la personalidad. Finalmente, esto significa que el único sendero válido, el sendero de la comunión con lo absoluto, lo Místico, es esto: la realización en el mundo interior a través de la experiencia sentimental de la vida.

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